PROVINCIALES
Rolando Astarita
Profesor de Economía (UBA)

OPINION

La crisis no es una cuestión de moral

A raíz de la crisis cambiaria y financiera por estos días se han multiplicado las condenas de tipo moral a “los especuladores y los capitales financieros”. El pedido de Elisa Carrió a los productores sojeros es representativo: “liquiden la soja, no pueden retener los dólares, hagan patria, no pueden estar lejos de nosotros”, declaró.

El de Carrió fue un mensaje que trajo a la memoria la famosa queja de Juan Carlos Pugliese, ex ministro de Raúl Alfonsín, cuando en plena crisis de 1989 dijo que les había hablado a los empresarios “con el corazón y me contestaron con el bolsillo”. Pero no se trata solo de defensores del Gobierno. También en la izquierda abundan las condenas de tipo moral.

Por ejemplo, se dice que la crisis se debe a la 'estafa' del Gobierno, los capitales financieros y el imperialismo, con vistas a 'saquear la Nación'. Mensajes parecidos inundan las redes y caracterizan las declaraciones de dirigentes combativos. Por esta vía también se sugiere que la crisis se debe a la fracción más regresiva del capital, el capital dinerario (o financiero) y extranjero.

Pues bien, el punto de vista que defiendo es distinto. Sostengo que, al margen de estafas y maniobras para enriquecerse, la razón última de la crisis tiene que ver con el carácter dependiente y atrasado del capitalismo argentino y, en un nivel más profundo, con la lógica de la ganancia. Además, si a lo largo de décadas es recurrente el mismo tipo de crisis, hay mayores razones para poner el acento en las causas estructurales. Planteo también que las leyes de la acumulación y crisis se abren paso, inevitablemente, a través de la competencia.

Para bajarlo a la situación actual, el exportador de soja que prevé una devaluación del peso, naturalmente posterga todo lo posible la liquidación de dólares; y con el mismo criterio actúa la empresa –sea del ramo industrial o comercial- que busca proteger sus fondos líquidos de la depreciación del peso. Y aquel que no lo hace desvaloriza sus activos –pero el capital está para valorizarse- y peligra en la lucha competitiva.

Por eso el peso de la crítica marxista está puesto en las relaciones sociales de producción, y no en las personas. Por eso también la solución para los trabajadores no pasa por cambiar las figuritas en la conducción del Estado, sino por acabar con la relación de explotación capitalista.

Precisemos que todo esto no niega el rol de políticas que agravan innecesariamente las crisis (por ejemplo, la política de esterilización del Banco Central, que dio lugar a la actual montaña de deuda en Lebac y desde entonces el problema no hizo más que crecer). Sin embargo, subrayamos, la explicación de las crisis no puede reducirse a malas políticas, malas voluntades o desvíos morales. Son fenómenos socialmente objetivos.

 

La crítica de Marx y la cuestión moral

 

El carácter objetivo de las crisis capitalistas está orgánicamente vinculado a la manera en que Marx rechazaba las críticas sociales sustentadas en meros criterios morales. Por supuesto, no está mal denunciar el robo del plustrabajo por parte del capital. Es una manera popular de explicar que la plusvalía es trabajo apropiado gratuitamente por el capitalista. Pero esto es una cosa, y otra muy distinta es afirmar que los problemas se deben a que los miembros de la clase dominante viven de la estafa, o a que son deshonestos (aunque efectivamente lo sean). Es que con este discurso la crítica se desplaza a la esfera de lo subjetivo, de las actitudes morales de capitalistas, gobernantes y altos funcionarios del Estado.

Por eso el enfoque de Marx era casi opuesto al que hace eje en la crítica moral. Es que la noción de qué es justo, o moralmente aceptable, está condicionada por las relaciones de producción dominantes. Por eso planteaba, por ejemplo, que la distribución del valor agregado entre plusvalía y salario es la única distribución “justa” al interior del modo de producción capitalista (véase Crítica del Programa de Gotha).

En el mismo sentido, afirmaba que no hay injusticia en el hecho de que el uso de la fuerza de trabajo, una vez comprada, pertenezca al capitalista (véase El Capital). Y en Salario, precio y ganancia, explicando que no se puede reclamar una retribución “equitativa” del ingreso aceptando la sociedad capitalista, señalaba que no se puede reclamar libertad aceptando una sociedad esclavista.

Este criterio también lo encontramos en el abordaje de Marx del interés, y del capital dinerario en general. Así, en crítica a la idea de que el interés es una cuestión de “justicia natural”, escribía: “La equidad de las transacciones que se efectúan entre los agentes de la producción se basa en que estas transacciones surgen de las relaciones de producción como una consecuencia natural”. Luego de explicar que las formas jurídicas en que se presentan esas transacciones nunca pueden determinar el contenido de las mismas, agregaba: “Ese contenido es justo en cuanto corresponde al modo de producción, si es adecuado a él. Es injusto en cuanto lo contradiga. La esclavitud sobre la base del modo de producción capitalista es injusta; igualmente lo es el fraude en cuanto a la calidad de la mercancía” (El Capital, 435, t. 3; Siglo XXI; énfasis agregados).

O sea, el fraude de la Volkswagen con los automóviles contaminantes entra en el plano de lo injusto, al interior del modo de producción capitalista. Pero si se elimina ese fraude, subsiste lo sustancial, la explotación de los trabajadores de Volkswagen, que está completamente de acuerdo con las relaciones sociales existentes. En otros términos, este es un “robo” inherente a una sociedad basada en la propiedad privada del capital.

En consecuencia, es absurdo criticar al capitalista por egoísta, o por codicioso. Estas condenas, propias de la doctora Carrió, de la Iglesia y de cierta izquierda moralista, son simples cortinas de humo. En el mercado el único poder que reúne a los participantes y los pone en relación es el de su egoísmo, su ventaja personal, sus intereses privados (véase ibid., p. 214, t. 1).

En esa esfera “de los derechos humanos innatos”, los sentimentalismos y las condenas morales están fuera de cuestión. Hay que recordarlo: “las máscaras que en lo económico asumen las personas, no son más que personificaciones de las relaciones económicas como portadoras de las cuales dichas personas se enfrentan mutuamente” (ibid., p. 104, t. 1).

La causa de fondo de la crisis es sistémica. Se trata de una idea clave en tiempos de ofensiva del capital sobre los trabajadores, y de dulzones discursos que convocan a la colaboración de clases “contra el puñado de estafadores”.



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